El desempeño del sector agroexportador peruano en el 2025 marca un hito que merece ser destacado con claridad. La exportación de 540 productos agrícolas a 115 mercados internacionales, superando los tres millones de toneladas enviadas, no solo confirma la fortaleza del agro peruano, sino que también refleja una capacidad sostenida para competir en un entorno global cada vez más exigente. Este resultado es expresión de una política pública consistente en sanidad agraria y de un esfuerzo articulado entre el Estado, los productores y el sector privado.
El liderazgo alcanzado en productos como la uva, el arándano y la palta –con posiciones de primer y segundo exportador mundial– demuestra que el Perú ha sabido convertir ventajas comparativas en ventajas competitivas. La diversificación de mercados, con Estados Unidos y Europa como principales destinos, pero con una creciente presencia en Asia y América Latina, refuerza la resiliencia del sector frente a choques externos y ciclos de demanda.
Sin embargo, este logro no debe interpretarse como un punto de llegada, sino como una base sobre la cual construir una etapa más ambiciosa del desarrollo agroexportador. La experiencia internacional enseña que los países que consolidan su liderazgo agrícola son aquellos que invierten de manera constante en sanidad, innovación y sostenibilidad. En ese sentido, la función del Senasa ha sido clave, no solo por garantizar el cumplimiento de estándares fitosanitarios, sino también por sostener la confianza de los mercados y por abrir nuevas ventanas comerciales para la producción nacional.
Consolidar este crecimiento exige profundizar esa estrategia. La prevención y el control de plagas como la mosca de la fruta, el fusarium o la polilla de la papa deben mantenerse como prioridades. La sanidad agraria es un activo estratégico del país, y su debilitamiento tendría costos inmediatos en acceso a mercados, precios y empleo rural.
Asimismo, el siguiente paso es fortalecer la inclusión productiva. El reto no es solo exportar más, sino también lograr que un mayor número de pequeños y medianos agricultores se integren a las cadenas de valor internacionales. Para ello, se requiere ampliar la asistencia técnica, facilitar el acceso a certificaciones, mejorar la logística y reducir brechas de infraestructura que aún limitan el potencial de muchas regiones.
La diversificación de la canasta agroexportadora es otra señal alentadora. Productos como la granadilla y el aguaymanto, provenientes de zonas andinas, muestran que es posible generar valor agregado y posicionarse en nichos especializados, siempre que exista acompañamiento técnico y una estrategia comercial clara. Apostar por estos cultivos no solo amplía la oferta exportable, sino que también contribuye a un desarrollo territorial más equilibrado.
Finalmente, sostener y aumentar este desempeño requiere visión de largo plazo. La agroexportación peruana necesita estabilidad normativa, inversión en investigación agraria, adaptación al cambio climático y una política de apertura de mercados coherente y predecible. El resultado alcanzado en el 2025 demuestra que el camino es el correcto. El desafío ahora es no perder el impulso y convertir este éxito en una plataforma duradera de crecimiento, empleo y desarrollo rural.








