Para un ojo inexperto, la zona de selva tropical que cultiva Kelly Johanna Yucuna podría parecer un lugar donde alguien arrojó semillas al suelo sin cuidado alguno.
Pero la realidad es muy distinta. En su pequeña parcela, situada en lo profundo de la Amazonía colombiana, todo —desde la elección del terreno hasta la ubicación de cada planta— responde a un orden y a un propósito.
Se trata del sistema agrícola de la chagra, compuesto por pequeñas parcelas de no más de dos hectáreas cada una, diseñadas para sincronizarse con los ciclos ecológicos del bosque. Es el lugar de donde Yucuna y las 240 familias dispersas por su reserva, en el macroterritorio Jaguares del Yuruparí, obtienen la mayor parte de sus alimentos.
En las chagras, la vida silvestre prospera y el carbono se captura de manera eficiente. Tras cinco o seis años de uso, las parcelas se devuelven al bosque.
En toda la zona norte de la Amazonia, sistemas como este han moldeado la vida indígena durante al menos 4.500 años, integrando dimensiones ambientales, económicas, sociales y espirituales.
El mundo exterior podría aprender mucho de las chagras y de su enfoque para la producción de alimentos. Sin embargo, estos sistemas se ven amenazados por la minería, la deforestación, el narcotráfico y el cambio climático que acechan a la selva amazónica.
Ahora comienza una carrera contrarreloj para garantizar la supervivencia de estos sistemas agrícolas sostenibles y únicos, así como de la cultura que los sustenta.
Las chagras están profundamente ligadas a la cosmología de los grupos indígenas, la cual, a su vez, se basa en el calendario ecológico del bosque y en sus ciclos de fructificación, inundación, pesca y caza.
Las chagras de Jaguares de Yuruparí se utilizan principalmente para cultivar los propios alimentos de los agricultores, pero otras comunidades amazónicas dependen ahora de ellas desde el punto de vista económico.

En la provincia ecuatoriana de Napo, el cacao, la vainilla y la guayusa (un árbol de la familia del acebo, rico en cafeína, cuyas hojas se infusionan como té) se cultivan en unas 24.000 hectáreas de chakras —así las llaman allí—, sistemas agrícolas que sirven de sustento a cientos de familias.
Aquí, las chakras amazónicas gestionadas por tres cooperativas han sido reconocidas por la ONU como un Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM); se trata de una distinción similar a la de Patrimonio de la Humanidad, pero aplicada a sistemas agrícolas sostenibles y de larga trayectoria. Además, estas explotaciones generan entre el 40% y el 60% de los ingresos de las comunidades.
Una de estas cooperativas, Kallari, genera hasta U$2 millones anuales para sus 740 miembros, gracias a compradores que pagan precios superiores por un cacao sostenible de aroma fino, según explica Paulina Espín, directora nacional de Trias, una organización sin fines de lucro con sede en Bélgica que apoya a la cooperativa.
No obstante, incluso cuando se cultivan con fines comerciales, las plantas de cacao en las chakras suelen crecer junto a otras 80 o 150 especies. Las familias dan prioridad a las plantas que les proporcionan alimento (que representan alrededor del 70% de los cultivos), destinando un 10% a usos medicinales y dejando solo el resto para cultivos comerciales.
Aunque cualquier tipo de actividad agrícola en la Amazonía pueda parecer una mala idea, cabe destacar que los territorios gestionados por pueblos indígenas han demostrado ser una de las formas más eficaces de prevenir la deforestación tropical.
Muchos consideran que las chagras son inseparables de la cosmovisión que permite a las comunidades conservar estas tierras.
No obstante, no existen datos concretos sobre el papel que desempeñan las chagras y sistemas similares en la resistencia frente a la deforestación o el cambio climático.
Si bien se está empezando a trabajar para abordar esta laguna de conocimiento, aún se desconoce qué superficie ocupan en la Amazonía, y las investigaciones que las comparan con otros sistemas agrícolas son escasas.
A menudo existe confusión sobre qué son exactamente. Un proyecto de créditos de carbono en Colombia clasificó las chagras como «áreas deforestadas» y se comprometió a reducir su extensión en Jaguares del Yuruparí.
El proyecto fue paralizado por una sentencia judicial de 2024, la cual determinó que las empresas implicadas no habían respetado los derechos de las poblaciones indígenas.

«Por supuesto, una chagra implica despejar terreno, pero no se trata de una tala indiscriminada o descontrolada; más bien, es un desbroce realizado para producir alimentos que luego se convierte en rastrojo y, posteriormente, se reforesta», afirma Chapetón.
Sin embargo, mientras los expertos intentan determinar el papel ecológico que desempeñan las chagras, se enfrentan a enormes desafíos.
La minería de oro se ha convertido en una de las mayores amenazas para las chagras, afirma Chapetón. En la zona de Jaguares del Yuruparí, esta actividad provoca tal nivel de contaminación por mercurio que la Corte Constitucional de Colombia dictaminó en 2025 que pone en peligro la identidad indígena local y la seguridad alimentaria.
En la provincia ecuatoriana de Napo, la minería está alejando a los jóvenes de la agricultura, señala Ruth Cayapa, líder de la comunidad indígena kichwa y presidenta de Kallari.
En toda la región, quienes no se dedican a la minería a menudo terminan marchándose, obligados por unas perspectivas económicas sombrías y un acceso limitado a derechos básicos, explica Chapetón.
El cambio climático, que está provocando la desecación de la Amazonia, agrava estas amenazas. Los testimonios recopilados por la organización Gaia indican que este fenómeno ya podría estar alterando los calendarios ecológicos, limitando la producción y aumentando el gasto en la compra de alimentos.
Las fluctuaciones impredecibles en el caudal de los ríos afectan a la reproducción y disponibilidad de los peces, mientras que la caza escasea y los animales son cada vez más pequeños, lo que obliga a los cazadores a capturar más ejemplares, según hallazgos de Gaia.
Entretanto, en las chagras se propagan nuevas plagas. Yucuna comenta que, en su comunidad, las lluvias irregulares han alterado los ciclos de siembra y los tiempos destinados a la limpieza y quema del terreno. «Es un caos ecológico», afirma. Añade que, hoy en día, el sol es tan intenso al mediodía que resulta «simplemente imposible» trabajar en las chagras.
Las chagras también enfrentan otras presiones, desde la mayor densidad poblacional en las reservas hasta la influencia de las zonas urbanas cercanas. En Ecuador, el impulso por comercializar los productos de las chagras está generando tensiones, advierte Echezuría Fernández.
Menciona, por ejemplo, el caso de una empresa de cacao fino que presionaba a una comunidad para aumentar su producción. Sin embargo, para los productores de chagras, es normal que parte de la cosecha se pierda debido a las plagas; «es parte de la vida», comenta.

Proteger los derechos sobre la tierra es la vía más directa para mantener las chagras, sostiene Chapetón. En Colombia, las comunidades indígenas llevan años luchando por implementar las Entidades Territoriales Indígenas (ETI), una figura formal que les otorga una sólida autonomía financiera y política.
En Ecuador, el gobierno local reconoció oficialmente en 2025 una certificación estandarizada para productos de chakra, indica Espín.
No obstante, muchos argumentan que el potencial de las chagras va mucho más allá de simplemente colocar productos nuevos y sostenibles en los estantes.
Las chagras cuestionan nuestra forma de concebir gran parte de la producción alimentaria moderna y los daños ambientales que a menudo aceptamos en su nombre —desde las emisiones de gases de efecto invernadero y la pérdida de biodiversidad hasta la degradación del suelo y el agotamiento de los recursos hídricos—, problemas que, a su vez, afectan nuestro propio abastecimiento de alimentos.
Por supuesto, es poco probable que las chagras logren alimentar a grandes poblaciones, admite Chapetón.
Aun así, su enfoque en alimentos locales, producidos de manera sostenible y arraigados en la cultura, cobra especial relevancia frente a las advertencias sobre los riesgos de delegar la seguridad alimentaria a cadenas de suministro globales que escapan al control de la gente.
«Lo que hace falta», afirma Chapetón, «es fortalecer todos los sistemas alimentarios locales para que puedan abastecer a las comunidades de su entorno».








